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Biología de la carpa
LA PIEL DE LA CARPA
Las
carpas cuentan con una forma de piel de naturaleza epitelial, o sea de
pura constitución celular, sin vasos sanguíneos. Dicha piel cuenta con un
recubrimiento mucoso de origen glandular que puede ser más o menos
abundante. Esa mucosa funciona como un verdadero escudo y cumple múltiples
funciones, siendo casi todas ellas exclusivas de los peces.
En primer
lugar es la mucosa la que actúa como protección contra la penetración de
los agentes patógenos (bacterias, parásitos, hongos). Además protege a la
piel contra la abrasión producida por condiciones inadecuadas del agua
(modificaciones del pH, dureza, temperatura, etc). Cuando esas
modificaciones superan los niveles soportados por la mucosa protectora,
ésta se desprende y el organismo responde produciendo mayor cantidad,
mayor densidad o viscosidad de la mucosa. Obviamente esto no siempre puede
impedir que se deteriore la salud puesto que la mucosa también sufre
dichas alteraciones.
En la
ilustración de la izquierda podemos observar la estructura de la piel y la
ubicación de las escamas dentro de ella. La capa superior en contacto con
el agua y recubierta por la mucosa epitelial es la epidermis (e en
el dibujo). La capa inferior, donde nacen las escamas, es la dermis (d
en el dibujo). Las escamas se generan en pequeños saquitos dispuestos en
la dermis y deben ser considerados como pequeños huesos dérmicos
supervivientes de los exoesqueletos de los distintos peces acorazados.
Pese a
que estas funciones ya de por sí son importantes, aún existen otras de
mayor importancia. Una de ellas consiste en impermeabilizar el cuerpo y
poner límites o freno a la presión osmótica. Tratándose de una secreción
semipermeable es notable la posibilidad de funcionar como filtro entre dos
líquidos de diferente concentración, uno dentro del cuerpo y otro externo.
De este modo la mucosa tiende a equilibrar la presión osmótica producida
por un medio más diluido y otro más concentrado.
De no
existir esta protección los peces podrían deshidratarse o sobre hidratarse
si la densidad de su cuerpo fuera superior o inferior a la del medio que
lo rodea pudiendo provocar graves enfermedades e incluso la muerte. Por
esta razón, a la hora de manipular un pez, procuraremos mantener siempre
la piel húmeda y evitaremos colocar a la carpa sobre la moqueta seca. De
igual forma humedeceremos los sacos de retención sumergiéndolos
completamente en el puesto de pesca antes de introducir al pez.
Todos los
peces de una misma especie poseen igual cantidad de escamas que pueden ser
de diversas formas. Las dos más comunes son las escamas cilcoides (A
en el dibujo) y escamas ctenoides (B en la ilustración).
En la
línea lateral las escamas tienen una forma diferente a las restantes del
cuerpo y poseen pequeños orificios que comunican las superficie exterior
del cuerpo con una serie de células sensitivas y terminaciones nerviosas.
Si se
compara el dibujo siguiente con el esquema de la piel (más arriba),
podremos notar la diferencia en la forma de las escamas y su ubicación con
respecto a la superficie externa del cuerpo.
Mientras
que las escamas normales forman una línea en la que se superponen unas a
las otras, las escamas de la línea lateral se ubican de tal modo que
forman un canal sensorial por el cual penetra cualquier vibración del
líquido. Esa vibración repercute sobre toda la superficie de las células
sensoriales por medio de unas microscópicas formaciones peliformes. Las
células están conectadas directamente a los nervios que son los encargados
de transmitir las sensaciones al cerebro. El pez puede así percibir
movimientos, ruidos o cualquier vibración producida por objetos o animales
aún si los mismos tienen origen en un punto bastante lejano. Esta es la
forma en que los peces ciegos pueden “ver”, ya que poseen una
extraordinaria sensibilidad en su línea lateral, la cual funciona como un
verdadero radar. En el dibujo de arriba se ven los canales sensoriales en
forma de flechas (en el mismo dibujo e: epidermis y d:
dermis).
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